Una carta, al otro lado del río

1 Una carta, al otro lado del río


“Fuser, mi querido amigo


Caso el destino te permita leer estas pocas líneas, es porque la jornada que comenzamos juntos aún vive en mí, más allá de los anales remotos del tiempo y de la memoria.

Una de estas frías noches en Santiago, de esas en que el viento cordillerano parece posarse sobre la piel como un recordatorio de su majestuosidad. Me descubrí echándote de menos, viejo amigo. No solamente a ti, sino a “nosotros” que fuimos juntos con la Poderosa y mi querida Norton Atlas, rugiendo con el impetú casi pueril de la inconsecuencia, atravesando bosques, ríos y adversidades, en la conquista de nuestros propios molinos de viento.

Querido Fuser, desde que regresé a mi patria, muchas cosas han cambiado. Ya no soy el mismo estudiante de literatura que, entre libros y tiza, soñaba apenas con ganar un poco de plata para continuar viajando por el mundo, sin importarme si era éso lo que el mundo quería de mí. El viaje lo cambió todo. Los rostros de los leprosos en San Pablo, los obreros con las manos ásperas en el desierto, el campesino que nos dió lo poco que tenía: todos ellos plantaron algo en mí. Algo que no consigo arrancar.

Ya me llegué a preguntar, mi querido amigo, si ese cambio no empezó en Lima, cuando me lancé a la calle para defender a los jóvenes estudiantes secundarios que estaban siendo golpeados violentamente por apenas exigir una educación mejor. Parecía que todo no pasaba de un gesto torpe y simbólico de rebeldía. Pero sospecho que el germen estaba antes, tal vez, en el silencio que compartíamos juntos en el medio de tanto paisaje humano que clamaba por mí, o en las simuladas alegrías que escondían un hambre más profunda: hambre de justicia.

Hoy, desde mi colegio donde trabajo, mis manos aún están blancas de tiza. Pero es mi voz la que ha encontrado un nuevo propósito. Les hablo a mis alumnos en nombre de aquellos que no tienen voz, y en cada clase, en cada reflexión, aún veo tu mirada.

Porque tú, mi inolvidable amigo, me enseñaste el compás que indica hacia dónde mirar cuando se nos pierde el sur.


Creo que nunca lo dije antes, pero gracias.

Gracias por haber sido el compañero de un viaje que, aunque tuvo un final inesperado, continúa vivo dentro de mí.


Con cariño eterno,

Martín”.

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